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Publicado el 09-09-2011
La 'mueca inmunda' de un tal Godofredo Cínico Caspa
hubiera nacido unos siglos antes, ese macho cabrío pecaminoso y falaz hubiera ido a parar a las mazmorras del Tribunal del Santo Oficio de Cartagena. En manos de la Inquisición, las gentes de bien de antaño lo hubieran quemado en la hoguera donde ardieron las mujeres adúlteras, las brujas y los precomunistas de esa época.
Pero claro, viéndolo bien, qué más se le podía pedir a un cuasi animal iletrado nacido en los fangales de la Heroica, a una mente negra y pobre en todos los sentidos, que ni siquiera logró estudiar música y por eso produjo esas estridencias de esclavos que torturan mi delicado oído acostumbrado a los acariciantes valses de Strauss.
Pero no es solo fue en razón a su raza inferior que el tal Arroyo cometió todo tipo de violaciones a los buenos hábitos y a la moral cristiana. El en sí mismo, era un demonio. Fíjense ustedes que por ejemplo, otro de esos cantantes populares ha sabido mantenerse limpio y puro, descontaminado de ese horror terrorista que es el llamado compromiso social. Y hablo del señor Diomedes Díaz, un hombre que en lugar de cantarle al sexo y a la borrachera, se ha dedicado a elogiar a la mujer y a brindar su música a los honestos empresarios del agro del Caribe, los mismos que en buena hora fundaron los grupos de autodefensa para sacudirnos del yugo comunista y agrandar las fincas donde se le apuesta al desarrollo del país ¡carajo! Diomedes pudo caer en las altisonantes frases de protesta del Arroyo, pero supo que poniéndose al lado de las clases limpias de piel y de mente, garantizaba su éxito sin perturbar el orden natural que garantiza un equilibrado arriba y abajo.
Y para acabar de completar el cuadro atrabiliario de la publicitada muerte de este bellaco orquestada por los medios sedientos de populacho, arepa e huevo y fritanga, lo entierran en medio de una manifestación insolente que ha debido ser reprimida por la Fuerza Pública. Allá, en ese muladar donde habita el mayor conglomerado de payasos, en la Barranquilla esa del monigote del Antonio Morales Riveira, otro fanático seguidor del ventrílocuo tomado por cantante. Barranquilla, ciudad que –con muy contadas excepciones– alberga a cientos de miles de incurables enfermos del tambor vesánico y del ritmo voluptuoso y lascivo. Un lugar tan peligroso como que en sus esquinas hay 1.400 estaderos donde se baila esa
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