Habíamos salido apurados para la video-tienda. De repente, alguno de los tres chicos en el asiento trasero del carro dijo casi a grito: “Papi tenemos que regresarnos, no trajimos el video para cambiarlo”. El chico hablaba de un plan mensual de alquiler de juegos electrónicos; tenían que devolver el que habían estado usando esa semana para poder tomar uno diferente.
A la primera oportunidad di la vuelta para regresar a nuestro apartamento. No había detenido aún el auto cuando Andrés, de seis años, se ofreció a subir y traer el disquete. Automáticamente, digo, sin pensar, ordené a Sergio, su hermano mayor de 10 años, apresurarse y asegurarse que la puerta quedara bien cerrada; rechazando la iniciativa de Andrés.
Bueno, como si hubiese recibido una cachetada de mi conciencia de Padre Nutritivo, pensé en voz alta: “!Espera un momento!, ¿acaso Andrés no puede hacerlo igual de bien?”. Él me miraba emocionado, aceptando el reto, mientras tomaba de mi mano las llaves. Muy rápido, Andrés, entraba nuevamente al carro con típica expresión de satisfacción del deber cumplido dibujada en el rostro.
Muchos de los pacientes de la consulta psicológica son, o fueron, hijos del “medio”, con hermanos mayores y menores; es decir, hijos sándwiches. El trauma que los marca, con frecuencia, está relacionado con el sentimiento de ser “invisibles” para sus padres. Es natural, para ellos, los padres, el mayor es el encargado de “dar ejemplo”, de ser el hijo modelo, el que “ya es responsable”, es decir el “bueno de la película”.
Por otro lado el pequeño, el bebé, es quien da las bregas, el desobediente, el descuidado, el culpable de todo lo “malo” que pasa en casa;
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