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Publicado el 02-15-2013
Reportero: Alfredo Mantilla

El eco de una renuncia y la terquedad de una sangüijuela

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No cabe duda que la noticia sobre la renuncia del papa Benedicto XVI le gana en protagonismo al resto de temas que gravitaron en los últimos días en el mundo y ni siquiera el discurso sobre el Estado de la Unión, pronunciado el martes por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama —con todo y la cantidad de cosas importantes que deslizó, provocando reacciones variadas, tanto internas como ex ternas—, logra hacerle sombra al “no voy más” del pontífice alemán.

Por supuesto que las especulaciones sobre esa ‘tirada de toalla’ cubren lo humano y lo divino, desde el cansancio del religioso de 86 años, hasta el agravamiento de una enfermedad que le habría empujado a la dimisión, pasando en el ínterin por la explicación de que al abandonar el trono vaticanista le huye a los escándalos por abusos sexuales de miembros del clero católico, o que está ¡mamado! de todas las intrigas que se tejen en el minúsculo Estado. ¡Vaya usted a saber!

Al cierre de esta edición trascendió que la renuncia a gobernar a los mil millones de católicos regados por el mundo tiene que ver con la filtración de documentos —lo que se conoce como “Vatileaks”— en los que queda al desnudo la resistencia de poderosos grupos de la Curia romana a las medidas de transparencia que él había pedido ejecutar en busca de una depuración de la Iglesia.

De todos es sabido el sigilo y el secreteo con el que se manejan todos los asuntos relacionados con el Vaticano —especialmente los que tienen que ver con el descendiente de San Pedro de turno—, y por eso es probable que nunca sepamos la verdad detrás de una renuncia como no se veía en 600 años, cuando Gregorio XII dejó el puesto en 1415, nueve años después de haber asumido el cargo. Benedicto XVI fue más breve: habría cumplido ocho años en abril.

Quedándome con el hecho puro y simple de la renuncia, no puedo dejar de contrastar ese hacerse a un lado de Joseph Aloisius Ratzinger —con todo lo que significa encabezar un Estado tan poderoso como el Vaticano—, con el aferrarse al poder con uñas, dientes y testaferros de un personaje como Hugo Chávez, quien no le ha permitido a su cuerpo descansar sus dolencias en paz, por el afán de seguir como la sanguijuela del ‘coroto’ venezolano.
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