El patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa (IOR), Kiril (c), asiste a una ceremonia religiosa en el interior del Santo Sepulcro el viernes 9 de noviembre pasado. EFE/Abir Sultan
por Ana Cárdenes
Una deuda millonaria con la compañía del agua, desacuerdos entre las distintas confesiones cristianas y el conflicto palestino-israelí son los ingredientes del último drama que rodea el Santo Sepulcro, el lugar más sagrado para la cristiandad.
El problema se inició en 2004 cuando la compañía jerosolimitana de agua Hagihon presentó a los responsables de la iglesia una cuenta millonaria de casi tres millones de euros, correspondiente al consumo de los últimos quince años de la basílica donde la tradición sitúa la muerte y resurrección de Jesús.
Las negociaciones no llegaron a buen puerto y la empresa logró recientemente que un tribunal congelase las cuentas bancarias del Patriarcado Greco-Ortodoxo que, desde entonces, ha visto como el banco devolvía sus pagos y sus acreedores le reclamaban recibos y cortaban suministros.
La drástica medida ha desatado una guerra, en la que los greco-ortodoxos han prohibido el acceso a sus instalaciones a los representantes de Hagihon y han amenazado con cerrar el acceso al Santo Sepulcro, visitado cada año por millones de peregrinos y razón última de buena parte de los turistas que recibe Israel.
Desde que las tuberías y el agua corriente sustituyeron a las cisternas, el Santo Sepulcro ha sido eximido del pago del agua, una tradición que respetaron las autoridades del Imperio Otomano, el Mandato Británico, las jordanas y las israelíes, tras la ocupación de la Ciudad Vieja y los territorios palestinos en 1967.
Pero, lo que diferentes gobiernos permitieron y financiaron, la empresa privada lo decidió abolir.
En el año 1994 Jerusalén privatizó la gestión del agua y se la concedió a Hagihon, que no está dispuesta a regalar sus servicios a ningún lugar, por muy sagrado que sea.
"Esta Iglesia ha recibido donaciones desde el siglo IV. La han cuidado todos los
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