El enfrentamiento entre el presidente Juan Manuel Santos y su ex jefe y mentor, Álvaro Uribe, ya no es una situación de simple retórica y cada día escala más peldaños, en un hecho que no tiene precedentes recientes en una Colombia acostumbrada a que los expresidentes se mantuvieran un poco a la sombra y no protagonizando el ‘culebrón’ que presencia hoy, cuando dos figuras tan importantes andan enfrascadas en una guerra verbal que pasó de soterrada a ocupar primera fila en los medios masivos, llegando a niveles que más parecen de ‘verduleras’ del mercado. Con el perdón de las mismas.
Los trinos cargados de veneno usados por Uribe para mortificar al gobierno en los últimos meses a través de la red social Twitter, no habían recibido una respuesta tan contundente por parte de Santos como las que deslizó en días pasados en el diario El Tiempo y en el canal de televisión Caracol, donde equiparó al ex mandatario con las farc como generadores de noticias negativas para el país y hasta amenazó con sacarle algunos “trapos sucios” que él supuestamente conoce.
Con todo lo crítico que puedo yo ser con Uribe, especialmente desde que asumió ese rol de francotirador de la oposición al que todo lo que hace el gobierno le huele feo, estimo que JotaEme mordió el anzuelo del ex y ‘peló el cobre’ con ese par de salidas y ahora está obligado a decirle al país ¿cuáles son esos trapitos sucios que él le guarda al patrón del ‘Ubérrimo’?
Tiene que ser algo bien ‘gordo’ y de implicaciones impredecibles para que el jefe de estado menoscabe la majestad de su cargo de esa manera. Lo que es peor, ¿por qué, si sabe algo grave e inconfesable, al punto de calificarlo como ‘trapo sucio’, ha sido
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