Los colombianos —y creo que nacionales de otras comunidades latinoamericanas también— solemos decir a manera de guasa que nos gusta vivir en Miami porque es la ciudad que está más cerca de Estados Unidos, con lo que —tácitamente— dejamos clara cierta percepción de la ‘capital del sol’ como una de las ‘nuestras’.
Ese encomillado en ‘nuestras’ no es gratis. Pudiera interpretarse positivamente como alusión al sabor hispano, latino, de Miami, pero también apuntar a ciertos detallitos que no son para nada agradables, como por ejemplo el estilo de hacer política de ciertos actores del sector de servicios públicos locales, quienes repiten aquí muchos de los vicios que son comunes en los gobiernos de las despectivamente llamadas ‘repúblicas bananeras’, un remoquete nada grato que un mal día alguien también le endilgó a Miami.
¿Justo? ¿Injusto? Bueno, yo diría que ni calvo ni con dos pelucas, pero ¡vaya! que aquí se ven vainas tan bizarras que superan —¡y con creces!— a muchas de las que ocurren en Colombia y ante las que un caso como el ‘agro ingreso seguro’ de ‘Uribito’ se queda en pañales. En pañales sucios.
¿Exagero? No creo. ¿Qué tal la perlita del nuevo estadio de béisbol de los Marlins? ¡Como para coger palco!... y no precisamente en el coso erigido en los terrenos donde antes estuvo el Orange Bowl. ¡No señor! Es de tal tamaño el banano que estuve pensando en postularlo para los anales de ‘Aunque usted no lo crea’.
¿En dónde se ha visto que el gobierno de una ciudad invierte 347 millones de dólares en la construcción de un estadio, del que no tiene control y en el que los beneficios que produce van a engrosar los gordos bolsillos de unos particulares que —supuestamente— pusieron 150 millones de dólares?
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