Expuesto a que me hagan un recuento de edad —que, a la hora del té, poco importa— me remonto a los recuerdos y veo pasar por mi mente la imagen de un joven flaco —muy flaco— y desgarbado, en el que casi no me reconozco por física diferencia de báscula, y lo observo caminando por el centro de Barranquilla —la ciudad que no me vio nacer, pero a la que siempre he considerado mía, como una vez lo cantó ese Joe al que hoy Antonio Morales insulta con su mueca editorial (ver pág. 19)—, por sus estrechas calles de paredes cubiertas de afiches anunciando parrandas y políticos, con algunos grafitis ocurrentes y graciosos, al lado de otros muchos con una frase repetida: “¡Turco no!”. Así de simple. Simple, pero contundente.
No era necesario preguntar a qué ‘turco’ se refería ese mandato. Todos sabíamos que el personaje al que la pared currambera rechazaba con tanta vehemencia no era otro que José Name. No lo querían. El pueblo usaba el pizarrón de sus protestas para tratar de frenar su incipiente carrera política. “Fuera turco”, mentaban otros grafitis, en tanto que los más osados sentenciaban de frente: “Name ¡NO!”.
Con el tiempo y el ‘aceite’, esos grafitis fueron desapareciendo sistemáticamente cubiertos con pinceladas de cal y otros simplemente se destiñeron a punta de sol y lluvia. Los que resistieron valientemente, más temprano que tarde les fueron pegando encima carteles que cada dos o cuatro años llamaban a votar por el personaje de marras, ayudándole a llegar a todas las posiciones políticas que desempeñó en vida, en parte por su astucia y persistencia, pero más que nada por el ensamblaje de una maquinaria que Colombia entera etiquetó con el remoquete de ‘clientelismo político’, un calificativo que el imaginario nacional irremediablemente vincula con su nombre.
La casta de la que formó parte este barón electoral —¿la fundó?— se regó como la verdolaga por todo el país (aunque la Costa es principio y fin) y es la causante en gran medida del atraso de una región que nunca termina por dar el brinco al progreso y sigue secuestrada por criollitos y ‘turcos’ como el recién fallecido, al que por cierto le rindieron honores en el Capitolio como insigne padre de la patria.
La película sigue rodando y ahora veo al flaco aquel, ¡fajado con su primer grafiti!
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