Tres casos separados me llamaron la atención en los últimos días y curiosamente todos tienen que ver con el mundo musulmán como elemento común.
Por un lado está el debate desatado luego que se supo que un grupo de inversionistas planea construir una mezquita a dos manzanas de la llamada ‘zona cero’ de Nueva York, allí donde un día estuvieron las Torres Gemelas, derribadas el 11 de septiembre de 2001 por un ataque terrorista que dejó cerca de 3 mil muertos.
El espacio religioso será parte de un centro cultural islámico diseñado por la fundación Cordoba House y ocupará el lugar de un edifico que precisamente resultó dañado en los atentados en que un grupo de radicales islámicos estrelló dos aviones contra las Torres.
Las agrupaciones de familiares y víctimas de los atentados —en los que fallecieron 2 mil 851 personas— se han opuesto a la construcción del centro, por considerarlo un insulto a la memoria de los fallecidos, pero autoridades como el alcalde de Nueva York, el independiente Michael Bloomberg, y el propio presidente de Estados Unidos, Barack Obama, han apoyado el proyecto.
Sus organizadores, liderados por el imán Feisal Abdul Rauf, defienden que la mezquita es sólo parte de un centro mucho más amplio —que también tendrá salas de reuniones, restaurantes y piscina— y que su intención no es otra que la de ofrecer a los musulmanes de Nueva York un punto de encuentro, como sucede en tantos y tantos centros culturales judíos de la ciudad.
En el segundo caso, Imane Boudlal, de 26 años, quien trabaja desde hace dos años en el restaurante “Storytellers”, del Hotel Grand —ubicado al interior de Disneyland, en California—, decidió desafiar con una demanda la política de la empresa de no dejarla usar el velo en su cabeza, tal como lo manda su religión islámica.
Y el tercer caso tiene que ver con el anuncio de la salida del último contingente de soldados estadounidenses de Irak, terminando así con 7 años de ocupación de ese país y dejando detrás cerca de 100 mil iraquíes muertos, un dictador derrocado —y colgado— y un resentimiento que no se suaviza ni con velos ni con mezquitas. Ese es el gran peo.
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