Hace 20 años Madonna desafió a todos con sus puestas en escena, su irreverencia y un talento indiscutible.
por Mateo Sancho Cardiel
Controversia, teatralidad, sexo y religión. Un cóctel servido en unos conos de Jean Paul Gaultier que hace 20 años forjó la corona de Madonna como reina del pop en una gira que revolucionó el mundo: el Blond Ambition Tour.
La “ambición rubia” aterrizaba en Estados Unidos el 4 de mayo de 1990 en Houston, tras un paso en plena estación de lluvias por Japón y dispuesta a azotar a las audiencias: la epifanía de una nueva Madonna, todavía más provocadora y extravagante, estaba por llegar.
Culminar “Like a Virgin” con un orgasmo al grito de “God!” (Dios) que daba pie a la redención en una catedral con “Like a Prayer”, o imponer a unos musculados obreros al poder de un corsé y de unos conos rosas cantando “Express Yourself”, eran algunas de las provocaciones lanzadas con alevosía por la artista.
Pero su mayor transgresión era la de alzarse como la mayor estrella de la música con una voz en vivo por momentos ruborizante. Detrás del golpe de efecto, nadie pudo negarle una pericia técnica espectacular. Debajo de su piel de diva, Madonna era una curranta nata.
Esas eran y son las verdaderas claves de su éxito y la música, un mero hilo argumental para la construcción de su icono. Pero el Blond Ambition Tour coincidió con uno de sus momentos musicalmente más fértiles y la sociedad de final de siglo todavía mantenía la suficiente inocencia como para sucumbir a la controversia.
Después de siete años de carrera, Madonna había acumulado experiencia, fama y repertorio para deslumbrar. Había exprimido el todavía neonato videoclip, estaba en el número 1 en medio mundo con “Vogue”, tenía el respeto de un disco como “Like a Prayer” y se preparaba para asaltar
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