de la clase del 2006, frunce el ceño en año electoral, o no electoral, cuando se vislumbra la discusión de una reforma migratoria que algunos temen les cueste el escaño.
Y como en elecciones de medio tiempo el partido del ocupante de la Casa Blanca siempre pierde escaños, estarán tratando de minimizar el daño evitando lo que consideren controversial. El viernes un sondeo del Pew Research Center encontró que el sentimiento anti titular entre los votantes es similar a elecciones de medio periodo en 1994 y 2006, años en que el Congreso cambió de mando.
Quizá por eso Pelosi diga que apoya la reforma y que se opone a las redadas, pero hasta ahí.
Díaz-Balart, por su parte, es una anomalía dentro de su Partido Republicano, un legislador que ha dejado su marca en medidas migratorias y que ha apoyado la reforma migratoria integral.
Me pregunto si ahora que ya no busca la reelección y que no tiene ataduras, enfrentará a los recalcitrantes de su Partido Republicano en la Cámara Baja que han entorpecido un debate racional del tema migratorio y en el proceso han ofendido a la comunidad hispana; si ejercerá liderazgo para convencer a otros de apoyar una medida que no sólo llena necesidades humanitarias y familiares, sino que supone beneficios económicos para el país, y políticos para su partido.
Pelosi, la demócrata, dice que quiere la reforma migratoria, y Díaz-Balart, el republicano, dice que quiere trabajar este año para que Pelosi lleve esa reforma al pleno.
En teoría suena muy bien. Demostrar la voluntad política y el valor para ir más allá de las palabras y llevar la teoría a la práctica, sonaría mucho mejor.