Eran otros tiempos. Entonces los presidentes Hugo Chávez y Álvaro Uribe se reían hasta del calor reinante.
Independientemente de la respuesta que el gobierno colombiano le de a la decisión del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, de retirar a sus funcionarios diplomáticos de Bogotá y declarar un ‘enfriamiento’ de las relaciones bilaterales (que no conocemos al cierre de esta edición), queda claro que este tira y afloja ya está pasando de castaño a oscuro.
El asunto de los lanzacohetes suecos es el ‘florero de Llorente’ que le cayó como anillo al dedo al mandatario venezolano para ‘sacarse la piedra’ por la cadena de fracasos que ha tenido en los últimos meses en su delirio expansionista, por lo de Zelaya, por la proyectada instalación en Colombia de bases militares norteamericanas y por la difusión del video que pone de manifiesto que ‘su pana’, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, recibió dinero de las Farc para su primera campaña presidencial.
Chávez huele pasos de animal gigante y por eso no sólo ordenó el retiro de su embajador Gustavo Márquez, sino que amenazó con romper definitivamente los lazos con Bogotá ante una eventual “declaración verbal” de parte del gobierno del presidente Uribe que él considere una “nueva agresión”.
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