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Posted on
06/02/2006 7:28 PM EST
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Alfredo Mantilla editor@elcolombiano.net
Ganadores y ganadores. Álvaro Uribe no fue el único ganador en las elecciones presidenciales del pasado domingo, porque hay ganadores de ganadores. Los hay que repiten puesto y se consolidan —como el presidente— y los hay que repiten maña y reinciden, como es el caso de un partidario del primer mandatario, quien desarrolla su actividad política en la ciudad de Weston y no deja pasar oportunidad para sacarle ventaja al momento. Cualquier momento.
Les cuento. Resulta que en las pasadas elecciones parlamentarias del 12 de marzo fui a votar a la escuela designada para tal fin en la ciudad de Weston —donde tengo inscrita mi cédula— y lo que encontré allí fue una suerte de mercado persa, en el que había venta de todo tipo de productos y servicios, como si se tratara de una feria de pueblo.
Las ofertas de empanadas, bocadillos y arepas competían por clientes con las que ofrecían minutos interminables de tarjetas telefónicas o conexiones de familiar a familiar vía internet, con el cada vez más popular voip. Así de fácil. Lo curioso es que cuando empecé a preguntar me contaron que detrás de cada negocito estaba involucrado el ‘permiso’ del personaje de marras, claro está, previo pago de una ‘colaboración’ o ‘donación’. Como la quieran llamar.
Luego de votar fui al consulado de Coral Gables para que mi esposa hiciera lo propio y, en medio del agite del proceso, le comenté a la cónsul Carmenza Jaramillo sobre lo que había observado en mi visita al puesto de votación de Weston y ella inmediatamente llamó al personaje del cuento y en tono fuerte le reclamó, diciéndole que eso no podía hacerlo y que ella claramente le había advertido sobre el particular, días antes de que se realizaran los comicios. No tengo la menor idea respecto a la excusa o explicación que él le dio, pero en ese momento pensé que el regaño consular debía ser más que suficiente para que el mancito corrigiera el tumbao. Pero no. Estaba muy equivocado.
¿Por qué? Pues resulta que en la jornada de elección presidencial que acabamos de pasar —como es lógico— también acudí a votar al mismo sitio y... ¿se imaginan lo que me encontré? ¿Cayeron en cuenta? ¡Exactamente eso! El mismo espectáculo de marzo pasado, pero esta vez con mayor número de puestos de venta. ¡La feria creció en variedad y ofertas!
Uno de los expositores con los que estuve conversando —un amable señor que estaba promoviendo un servicio de seguros de salud y vida—, me comentó que él le había pagado al avión la suma de quinientos dólares ($500) por el derecho de colocar una mesita allí para tener sus brochures y tarjetas para entregar a los votantes que acudieran a ejercer su deber democrático. ¡Quinientos cocos! Quizá no son una cifra del otro mundo, pero 500 aquí, 200 allá, 300 más allá y lo que sea en la chaza siguiente, terminan redondeando una simpática arepa que no está nada mal para un día de votación cualquiera.
Una vendedora de helados me dijo que ella —o la dueña del sitio— le había tenido que dar ‘una donación’ al hombrecito de nuestra historia. Y como ellos me imagino que sucedió con todos los que estaban allí.
Me pregunto ¿qué piensa la cónsul Jaramillo de esto? ¿Por qué, si ya había pelado el cobre la vez pasada, le permitió involucrarse nuevamente en ese chanchullito disfrazado de voluntariado, de colaboración? Así cualquiera lo hace... metiéndose al dril una buena tajada que no estaba en el presupuesto. ¿Será que tiene escriturada una especie de franquicia para todas las elecciones? Porque si es así, le voy a pedir a doña Carmenza que me cuente en donde entregan los formularios para decirle a un amigo mío que está ladrando que lo busque, lo llene y espere por la próxima elección...
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