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Posted on
10/21/2005 1:23 PM EST
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Alfredo Mantilla editor@elcolombiano.net
La decisión de algunos comisionados de West Miami de obligar a ciertos comerciantes a quitarle el nombre “El carajo” a un restaurante recién inaugurado, parece cosa de otro país y no de este Estados Unidos multicultural en el que la tolerancia es una tradición y en el que se respeta la libertad de expresión por encima de muchas cosas. Parece más bien el comportamiento ‘normal’ en una de las tan criticadas ‘repúblicas bananas’ de las que muchos inmigrantes hemos venido.
El episodio comenzó porque unos ‘puritanos’ protestaron ante los comisionados, argumentando que el término carajo era ofensivo para sus sacros oídos, ya que en una acepción de su diccionario la Real Academia española lo define como pene u órgano sexual masculino.
Olvidan los denunciantes y —por supuesto— obvian los comisionados, que la palabra carajo, tiene significados y usos múltiples en todas nuestras sociedades hispanas y puede ser utilizada en muchas expresiones, cambiando el sentido según el énfasis que se le dé.
A pesar que los académicos no se han puesto de acuerdo para definirla, el carajo —como argumentaron los dueños del restaurante en su fallida defensa—, es el nombre del espacio ubicado en la parte más alta de los mástiles de las antiguas carabelas españolas, una especie de canasta que servía como puesto de observación y desde la cual los vigías oteaban el horizonte en busca de naves enemigas, puntos de ubicación o lugares hasta donde querían llegar. De entonces, los marinos de aquella época, asociaban al mástil y dicha canastilla, con el órgano sexual masculino. Así es la historia, no al revés.
En aquel lugar, el más inestable de la nave, se sentía en mayor magnitud el movimiento lateral realizado por un barco de vela y el marino que era enviado a permanecer como vigía, luego de un par de hora bajaba totalmente mareado; lo que era considerado como un duro castigo y servía para dar escarmiento a quienes cometían alguna infracción a bordo.
De ahí parece surgir la expresión “Váyase al carajo”, como interjección para expresar un desacuerdo con alguien. Pero igualmente, también se acuñó otra expresión: “Ese tipo está del carajo”, cuando cualquier marino podía permanecer impasible y tolerar sin mayores problemas los movimientos del barco, aun ante las peores tempestades.
Por esa vía, poco a poco la palabrita se fue convirtiendo en un comodín por su multiplicidad de usos, ya que puede describir una gama amplia de situaciones y estados de ánimo.
“Esto está más bueno que el carajo”, define algo chévere y atractivo. Pero igualmente si se trata de algo que no nos agrade, podríamos decir: “Está más malo que el carajo”.
Si queremos acentuar la mediocridad de alguien decimos: “Es más bruto que el carajo”, pero a la vez podemos recalcar la admiración por una dama y decir: “Está más buena que el carajo”.
Si llegamos a una reunión y encontramos buena atmósfera, expresamos: “Esta fiesta tiene una nota del carajo” y si por el contrario no nos divertimos, entonces lanzamos un: “Esto está más aburrido que el carajo”.
Ahora, si la vaina —espero que no me censuren esta clásica— es con tufillo a despecho o ‘pique’, es posible decir: “Me importa un carajo que tu no me quieras, me importa un carajo que seas parrandera, si tienes billete, me importa un carajo”...
Y ni les cuento sobre una de las frases preferidas de mi difunto padre, porque no debo completarla: “Vaya pa’l carajo, dijo la garza...”
Y así, podría seguramente llenar varias páginas, escribiendo expresiones en la cual vaya incluida la susodicha palabrita, pero no quiero que algún carajo por allí vaya a preguntar “¿Y qué carajo es esto que escribió Mantilla?”...
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