Alfredo Mantilla editor@elcolombiano.net
Tal como lo anotamos en la primera página de esta edición, ¡en Barranquilla ya huele a Carnaval! —aunque oficialmente va del 21 al 24 de febrero— pero este año los aguafiestas de las farc trataron de adelantarse y armaron su propia mascarada: la liberación de algunos secuestrados.
Con la ayuda de ciertos periodistas que le son afines y el concurso de su amiguita, la senadora Piedad Córdoba, estos fascinerosos intentaron convertir la entrega de seis rehenes en un circo, para poder utilizar su repercusión internacional con fines propagandísticos, tal como si ellos no estuvieran liberando a unos desventurados que en mala hora cayeron en sus garras, sino a prisioneros de guerra a los que en un arranque de magnanimidad decidieron dejar libres.
¡Desgraciados! Cuánto dolor y cuánta angustia le han hecho padecer a esos colombianos y a sus familias y cuánto daño le han causado y le siguen causando a la tierra que los abortó. Que no se las vengan a dar ahora de hermanitas de la caridad, porque el haber soltado a esos cautivos no disminuye en nada el crimen cometido, así una víctima confundida, como el ex gobernador del Meta, Alan Jara, salga de la madriguera en que lo tenían diciendo que en ocasiones sentía que los bandoleros eran sus amigos y el gobierno —que los presionaba atacando los campamentos— el enemigo, contando —quiero creer que cándidamente— que los guerrilleros les colocaban cadenas, pero con un cierto dolor reflejado en los rostros y más como medida de seguridad, que de tortura.
Prefiero pensar que los casi ocho años de cautiverio de Jara causaron en él el conocido síndrome de Estocolmo, porque luego de soltar esa perla deslizó que había dos secuestrados unidos desde hace dos años con cadenas en sus cuellos. Peor que animales.
Así que es mejor que las farc y sus súper amigos, dejen de alardear de humanitarios, porque ni soltando a todas sus víctimas podrían borrar ¡jamás! el horror causado con su aberrante crimen.