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Posted on
12/22/2006 10:32 AM EST
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Alfredo Mantilla editor@elcolombiano.net
Una buena cantidad de cosas, con toda seguridad, se nos han quedado en el tintero de estos doce meses que dentro de unos días desgranan las últimas horas, minutos y segundos que ponen punto final a un nuevo año de nuestras vidas. ¡Otro más lejos de la tierra que nos vio nacer! Otro más en este exilio voluntario que a veces nos resulta cargante —y hasta insoportable—, pero al que nos vamos acostumbrando cada vez más, casi sin darnos cuenta.
Otra navidad sin el ambiente de mi tierra, sin los cantos y los villancicos, sin la música en cada rincón, sin el bullicio de los niños que no ven llegar la hora en que papá Noel justifique su existencia, sin el ruido de los triquitraquis, los buscapiés y los cohetes de pólvora alborotando el ambiente —y la tensión—, las luces multicolores, sin los vecinos y desconocidos llegando a tocar la puerta para simplemente desear ¡feliz navidad! y tomarse un trago a costillas nuestras en medio de conversaciones triviales y de recuerdos raras veces comunes.
Otra nochebuena sin el olor de los pasteles, de los tamales, de los perniles, de la natilla, de las lechonas, de los buñuelos, de las gallinas rellenas, del pavo borracho, de la ensalada de papa con plumífera ahumada, de todo aquello que nuestros viejos preparan con tanto esmero para seguir conservando una tradición culinaria que le agrega ese toquecito, ese sabor, ese acento propio a la festividad que conmemora el nacimiento del niño de Belén.
Navidades como esas, puedo asegurarlo, no las disfrutamos por estos lares, ni siquiera aquellos que tienen la fortuna de contar con todo el elenco familiar cercano, porque a pesar de esa dicha, siempre falta el revoletear de los amigos, de los vecinos, de los primos, de los que llegaron a la reunión a última hora sin avisarle a nadie, sin el llanto del hermano que en cada navidad siempre promete no volver a soltar sus lágrimas de cocodrilo en la próxima... y hasta el olor de la guayaba de nuestra tierra.
¡No es lo mismo, ni es igual! Y quien piense lo contrario, que haga apenas el experimento de salir a recorrer las casas o apartamentos de su vecindario más cercano para que después me cuente en cuántas le abrieron la puerta, en cuántas le dijeron amén, en cuántas le recibieron con los brazos abiertos, la sonrisa en los labios y el brindis dispuesto. Yo se que en muy pocas. Dos o tres le devolvieron el saludo, pero casi cerrándole la puerta en las narices para que no se los “comiera” el frío, los demás le miraron como si se tratara de un extraterrestre que llegó sin que nadie le invitara y hasta hubo alguno que llamó al 911. ¡Por si acaso!
¡No es lo mismo... ni es igual! Sin embargo, mi consejo —si me lo permiten— es que traten de acercarse lo más que puedan a la familia y no se dejen abrumar por las distancias. Y si acaso existe por allí algún desencuentro, pues esta es la mejor época para ofrecer el perdón sin dejar ninguna pizca de resquemor en los sentimientos.
Es el buen momento, como lo repito cada año, para revisar la lista que hicimos el año pasado —en esta misma fecha— con nuestros proyectos para el año por venir, borrar los que realizamos, hacer la lista de las tareas que deseamos dejar como “pendientes” y también para borrar definitivamente aquellas que venimos acarreando per sécula seculorum y a las que no queremos —por nada del mundo— seguir botándole corriente.
Para mí, es el mejor momento para decirle a todos mis amigos y familiares lo que pesan en mis sentimientos y también para agradecer a todos los anunciantes y lectores por habernos permitido seguir aquí un año más... ¡Feliz Navidad y un mejor 2007 para todos!...
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