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A pesar del momentum político alcanzado por Gustavo Petro y de su creciente influencia al interior del Polo Democrático, el rey del Polo sigue siendo Lucho.



El sorprendente crecimiento del Polo Democrático como partido político en Colombia ha atraído todas las miradas hacia su interior. Es natural, todo el mundo quiere saber como se equilibran las cargas en una colectividad que ya, al día de hoy, hay que tenerla muy en cuenta entre las alternativas de poder en Colombia.



El choque de trenes que se vio al interior del Polo Democrático durante el año 2006, solo pronostica ponerse mejor a lo largo del año 2007. Al salir de la alcaldía de Bogota, Luís Eduardo Garzón quedará libre de compromisos y listo para concentrar toda su atención en el fuerte pulso por el poder que se avecina al interior de su partido. Pulso que tendrá, principalmente, con Gustavo Petro.



Al interior del Polo no hay nadie que esté pasando un mejor momento que Petro. Su decisión de llevar la bandera del Polo en el Senado, con un accionar valeroso en varios debates importantes, incluidos los de la parapolítica, han puesto a Petro en una posición envidiable. Tanto es así, que parece estarse formando un consenso entre prensa que apunta a denominar al Senador como la figura más relevante del Polo.



Sin embargo, los resultados de las elecciones legislativas de este año, son muy dicientes en lo que a popularidad y respaldo de opinión se refiere. A pesar de sus ciento treinta mil votos, Gustavo Petro no es, al menos todavía, un personaje de arrastre popular masivo en el espectro electoral colombiano. Al comparar su votación con la de Germán Vargas, el otro presidenciable que se presentó a las legislativas, éste, con sus más de 200 mil votos, lo supera por un 60%. La fortaleza de Petro no es como muchos la presumen. Es bueno agregar que, incluso, pocos meses después, el Polo Democrático alcanzó dos millones seiscientos mil votos en las presidenciales. De esos votos, los ciento treinta mil de Petro llegan solo al 5%.



De nada le sirve al Polo la fortaleza que pueda tener uno u otro al interior del mismo partido. Cualquier intención seria de alcanzar la Casa de Nariño supone, para el Polo, duplicar la votación obtenida por Carlos Gaviria en el año 2006. Eso significa que el partido tendrá que recurrir a electores que están muy por fuera de su espectro de opinión actual. Siendo el Polo el partido de izquierda de Colombia, estaríamos hablando de que el requerirá arrastrar un porcentaje altísimo del voto centrista o de centro-izquierda, mas uno que otro de la centro-derecha. Esos votos que al día de hoy son propiedad del liberalismo o de las facciones moderadas de los partidos uribistas.



Esos votos moderados, de acuerdo a como están repartidas las cargas políticas actualmente, le serán muy escurridizos a Gustavo Petro. Justa o injustamente, el senador estelar del Polo, aún no genera confianza en un amplio sector del electorado, que lo percibe como reaccionario y extremista. Lucho, en cambio, es percibido con mucha menos precaución. Su papel en la alcaldía de Bogota ahuyentó muchos temores que existían sobre la administración pública en manos de la izquierda. El comportamiento de Lucho es sin dudas un grandísimo aporte a la popularidad, la consolidación y el crecimiento político del Polo Democrático.



El carácter conciliador y moderado de Lucho fue lo que permitió la exitosa alianza con el liberalismo de ese entonces. De esa elección se deben destacar datos llamativos. El primero es que fue la única victoria electoral significativa de la oposición sobre el Presidente de la Republica; el segundo es que en esa oportunidad, Juan Manuel Santos, actual ministro de defensa, candidato seguro a la presidencia por el uribismo, se negó a contarse y recogió su candidatura tempranamente.



La alianza entre el liberalismo y el Polo además de conveniente es muy natural y lógica. Siendo el liberalismo un partido que se creó con la intención de representar la centro-izquierda de Colombia, y el Polo un partido naturalmente de izquierda, no debería ser incómodo para ninguno de los dos buscar puntos en común en aras de alcanzar la fuerza necesaria para retomar el poder político nacional.



Con el respeto que merecen Rafael Pardo, Andrés Gonzáles y Rodrigo Rivera, El partido liberal no cuenta con ningún personaje de talla nacional. Al menos no con uno como Carlos Gaviria o Germán Vargas. Los tres ilustres miembros del liberalismo, con su reciente aspiración presidencial, sólo lograron privar al liberalismo de una nómina legislativa de mucho más peso que la que presenta el partido en el Senado hoy día. Más aun, su ausencia del mapa político agrava la situación particular de cada uno de ellos. En el caso particular de Pardo, por ejemplo, el liderazgo Liberal en el senado, le habría dado mucha mas proyección política que la que le puede dar una columna en El Tiempo.



Así las cosas, César Gaviria está en una encrucijada: abandonar la posición critica que ha mantenido hasta el momento y entregarse al uribismo, buscando repatriar figuras como Germán Vargas y Juan Manuel Santos o mantenerse en la oposición coherente que ha realizado hasta ahora; caso en el cual, un mutuo acercamiento con el Polo sería la mejor opción. La ubicación de Lucho en el espectro político nacional lo hace posible. Por estar prácticamente en la mitad entre ambas colectividades, Lucho, sin ser el personaje más fuerte, ni del Polo ni del Partido Liberal, es el más sólido que cualquiera de los dos partidos tiene en el teatro electoral nacional. Por poder ser del Polo, o del liberalismo, o de ambos, Lucho es el representante mas importante de la izquierda moderada en Colombia, y su mejor apuesta para llegar al poder en el futuro próximo.



Mas allá del fuerte arrastre de Petro dentro del Polo, y del alto relieve que ha alcanzado por su activa participación en el tema de la parapolítica, el verdadero gigante al interior del Polo no es Petro. Ni siquiera lo es Carlos Gaviria. El verdadero gigante es Luís Eduardo Garzón, porque es el que le da al Polo perspectiva de poder. Y la política en general se maneja alrededor de la perspectiva de poder.



Ñapa: Al remplazar los parapolíticos del congreso con miembros de sus mismos partidos, se legitima un delito electoral. Lo lógico sería anular los votos y recalcular la cifra repartidora. Así, se evitaría la presencia en el congreso de personajes electos con votos, inequívocamente, de origen paramilitar. Al menos por ahora.

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