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Cuando hablo de egoísmo resulta pertinente referirme fundamentalmente a algunas de las manifestaciones equivocadas del ego, ya que este, con su apego a lo material, a diario trae mas de una sorpresa. Veamos la siguiente historia que alguien me compartió y que de verdad me parece bien ilustrativa al respecto.



Una joven estaba esperando su vuelo en una sala de espera de un conocido aeropuerto. Como debía aguardar un buen rato, decidió comprar un libro y también un paquete con galletas. Se ubicó en una sala del aeropuerto para poder descansar y leer tranquila. Asiento de por medio, se sentó un hombre que abrió una revista y empezó a leerla. Entre ellos quedaron las galletas.



Cuando ella tomó la primera, el hombre también se hizo a una. Ante tal situación, la joven se sintió indignada, pero no dijo nada. Sólo pensó: “Que atrevido, si yo fuera mas lanzada, hasta le daría una cachetada para que nunca lo olvide”.



Cada vez que ella tomaba una galleta, el hombre también hacía lo propio. Aquello le indignaba tanto a la chica de nuestro cuento que ni lograba concentrarse en su lectura, ni tampoco reaccionar ante lo que ella percibía estaba sucediendo y que le parecía un atrevimiento y un insulto a su privacidad.



Cuando quedaba solo una galleta, pensó para sus adentros: “¿Y ahora que hara ahora este descarado?”.



En ese momento, el hombre partió la última galleta y dejó la mitad para su vecina, quien estaba ya que reventaba de la ira. Pero aquello ya le pareció demasiado. Se puso entonces a resoplar de furia, como si fuera un bravo torete digno de una pura ganadería de lidia, como la de los hermanos Gutiérrez Arango.



Cerró entonces su libro, tomó sus cosas y se dirigió a la puerta de embarque. Cuando la joven se sentó en el interior del avión, miró dentro del bolso para buscar algo y... para su sorpresa, allí estaba su paquete de galletas, intacto, cerrado.



El caballero de la historia, no sólo no había tocado ninguna de sus galletas sino que, sin decir palabra, resultó generosamente compartiendo las propias con la joven. Ella sintió en ese momento mucha verguenza y remordimiento. En ese instante entonces se dio cuenta de lo equivocada que había estado todo ese tiempo, y como había prejuzgado a su vecino, sin razon alguna y como había quemado tanta adrenalina con su ira gestada en forma absolutamente innecesaria.



Resulta bueno observar como el caballero había compartido sus galletas con la joven, sin mostrarse para nada indignado, intranquilo o alterado. Que enseñanza para esta mujer, con el corolario de que se había desgastado interiormente sin razón alguna y que por lo tanto en ese instante, si ella lo decidía así, era el momento para reflexionar sobre lo acontecido y tomar acciones correctivas para evitar que lo mismo le volviese a ocurrir en un futuro.



Lo anterior nos enseña que como dice el Santo de Asís resulta mucho mejor dar que recibir y comprender que el aferrarnos al apego material no solo no nos hará felices sino, que en mas de una ocasión, nos conducirá a pasar ratos poco agradables.





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