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Dicen las leyendas que hace mucho tiempo hubo una nación en guerra y allí vivía un soberano que era amigo de gobernar infundiéndole temor a sus súbditos y a los enemigos que capturaba.
Era corriente que a sus prisioneros no los matara, sino que los trasladara a una sala donde había un grupo de arqueros de un lado y una inmensa puerta de hierro del otro, sobre la cual se veían grabadas figuras de calaveras cubiertas de sangre. En ese lugar les hacía formar un círculo y les decía: “Ustedes pueden elegir entre morir a flechazos por mis arqueros o pasar por aquella puerta. Acuérdense, eso si, que detrás de esa puerta yo los estaré esperando”.
Era bien curiosa la reacción posterior de los condenados, puesto que todos elegían ser muertos por los arqueros, antes de atreverse a atravesar la puerta en donde luego los esperaba el rey.
Cuando se terminó la contienda resultó que un soldado que por mucho tiempo había sido parte de sus ejércitos se dirigió al rey y le dijo: “Señor: ¿puedo hacerle una pregunta?”. “Dime, soldado”, le contesto pronto el soberano. “¿Qué era finalmente lo que había detrás de la puerta que tanto los prisioneros temían tanto y que jamás ninguno se atrevió a cruzar?”. Sonriendo el rey le respondió: “Ve y mira tu mismo”.
Para sorpresa del soldado, encontro que la puerta se abría sobre un camino que conducía a la libertad. El soldado, sorprendido se quedó mirando al rey, quien le dijo: “Yo les daba siempre la oportunidad de hacer una elección, pero ellos, tan solo por temor, preferían morir a arriesgarse a abrir esta temible puerta”.
¡Ah temor paralizante el que contiene esta historia!, la que no es nada distinta en concepción a la de los sucesos cotidianos de muchos seres humanos, a los que el miedo no les deja ni ver la realidad, ni hacer nada por afrontar la vida tal y como es.
“¿Por que ladra el perro?”, preguntaba Eulogio. “Porque tiene miedo”, era entonces su respuesta.
No hay duda alguna que la gente que pelea mucho, pone cara agria, trata mal a los demás, en su mayoría lo hace por puro y físico miedo, buscando con su lenguaje corporal o de actitud, poner una máscara sobre sí mismos, para que los otros no se den cuenta quién es esa persona en realidad. Y siendo claros y objetivos no hay necesidad alguna de aparentar lo que no somos, ya que mas temprano que tarde nuestros velos serán descubiertos.
¿Entonces, cómo lidiar con el miedo?, seria la pregunta a formular. Bien sencillo: Aceptándonos a nosotros como somos y a los demás como ellos son. Aprendiendo a amarnos a nosotros mismos y a nuestros semejantes y avanzando con la decisión firme de atravesar esa puerta imaginaria que nuestra mente, llámese ego y/o temor, nos pone aparentemente enfrente de nosotros.
Si David no hubiese vencido al miedo, teniendo fe en Dios y en él, jamás hubiese podido derribar al gigante. Y respecto al diario vivir, visto con gratitud y optimismo quisiera repetir una frase que me agradó mucho: “Cada día rompo mi propio récord del número consecutivo de días en los que he estado vivo”.
Por ello viviendo un día cada día, con fe y estando siempre emocionalmente en el aquí y el ahora, los temores se disiparán como lo hacen la neblina, la bruma y el humo, entre muchos otros más, incluyendo a los abusadores, a los mas agresivos y a los que se las dan de muy guapos y sabelotodo.
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